guanaquin@elsalvador.com

 

 

La familia Oso era la más unida y feliz de aquellos contornos. Sus numerosos miembros parecían formar un solo cuerpo y un espíritu generoso y abierto hacia los demás, tal era el mutuo respeto y la total comunicación que todos se tenían.
Vivían pobremente, pero aceptaban su condición, pues se conformaban con muy poco.
Un día llegó la desgracia a la familia en forma de dinero. El abuelo había jugado un décimo a la lotería y... ¡le había tocado el primer premio!
Apenas fue conocida la noticia por su familia, empezaron a surgir celos, envidias y una insaciable codicia en cada uno. Se rivalizaba en reservar para sí el máximo posible de dinero, aun a costa de los demás. Había discusiones, amenazas, exigencias y ya no se hablaban... ¡qué espectáculo más triste, niños!
El abuelo, único miembro desinteresado de la familia, seguía todo este pleito con mucha pena. Por vez primera veía que la unión de su querida familia estaba en muy grave peligro.
En consecuencia, el abuelo tomó una dolorosa decisión. Cogió las bolsas del dinero que tenía guardadas y las repartió totalmente entre los pobres de la ciudad. De esta forma, quedaba a la normalidad la familia.
Al principio hubo muchísimas protestas, pero poco a poco todos fueron comprendiendo que, a cambio de dinero, habían arriesgado algo infinitamente más importante: el amor, la unión y la comunicación entre ellos.
–Has hecho muy bien, abuelo. Te felicito dijo, por fin, uno de sus nietos.
El resto de la familia le apoyó sin dudar.