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Aunque parezca mentira, también los dragones son buenos artistas. Si todavía lo dudas, lee atentamente el cuento que va a comenzar.

Brontoff era un dragón que tenía algunas ideas fijas. Se le había metido en la cabeza ser actor de cine y sus padres estaban seguros de que volvería la Tierra boca abajo, si era necesario, para lograrlo.

¡Allá se fue Brontoff, vestido de etiqueta, en busca de la fama! Derechito, derechito, llegó a los estudios de televisión, pues ya sa-bes que es más fácil para un aspi-rante convertirse en actor de cine pasando antes por televisión.

Brontoff era un poco torpe y despistado. Por eso se metió en la sala que primero encon-tró. Como era de esperar, precisamente en esa sala se estaba rodando una película de vaqueros y... ¡qué lío tan grande se armó!

Brontoff, se puso en mitad de la escena y, ¡claro está!, la cámara lo captó en primer plano.

Grande fue el desconcierto de actores y técnicos.

Nadie sabía qué hacer, excepto Brontoff, quien, con la mejor de sus sonrisas, interpretaba ante las cámaras un gracioso número de humor.

—¡Corten, corten! —gritó desesperado don Pavo, el director de la película. Un letrero de disculpa apareció en la pantalla y Brontoff fue echado a patadas de la sala.

Lejos de escarmentar, nuestro dragón repitió el mismo acto en otras salas del edificio central de televisión. Siempre que lo mandaban a la calle, Brontoff se arreglaba su traje y, reuniendo nuevos bríos, volvía a la carga.

Cuando todo parecía perdido para el pobre Brontoff llegaron a los estudios de televisión centenares de cartas de niños telespectadores, quienes, encantados con el arte y la gracia de
Brontoff, exigían que nuestro héroe saliera en la “tele” más a menudo.
Así fue como Brontoff dio su primer paso hacia la gloria cinematográfica.

ACTIVIDAD
Escribe la continuación de esta historia y dibuja a Brontoff según tu cuento.