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La gran pasión del joven Zorrín era el cine. Cada sábado, nada más terminar de comer, pedía a su papá unas monedas y corría, lleno de ilusión, al cine más cercano, dispuesto a pasarla bien.


Compraba una bolsa de palomitas y luego se acomodaba en una butaca. El programa consistía siempre en dos películas y un “corto”, pero Zorrín daba dos vueltas a la función y, cuando llegaba a casa, eran más de la diez.

Lleno de imaginación, él creía ser el intérprete de todo lo que ocurría en la pantalla. Rescataba princesas secuestradas por genios maléficos; asaltaba un barco de piratas al frente de un numeroso grupo y, de un simple chillido, ponía en fuga a leones, tigres, elefantes y serpientes venenosas. ¡Qué bien lo pasaba!

Después de permanecer tantas horas en un mundo de ensueño, Zorrín sabía volver a la realidad y regresaba a su casa muy contento. Mientras cenaba, contaba a sus padres las películas que había visto y, de este modo, la infancia de Zorrín transcurría feliz y serena.

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