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Era
diciembre, todos los niños estaban ansiosos esperando
la Navidad.
Pedrito era un chico de siete años que trabajaba
todos los días para don Juan porque tenía
que ayudar a su madre y a su hermanita Mariana, de tres
años.
Don Juan era un joyero con mucho dinero, pero también
era un hombre sin familia y lo único que le importaba
eran los bienes materiales.
Pedrito gritó don Juan.
Sí, señor respondió el
niño.
¿Qué haces mirando por la ventana? Aún
no terminas tu trabajo.
Pedrito dijo:
¡Hoy es Navidad y a las doce de la noche es
el cumpleaños del Niño Jesús.
¿Y a mí qué me importa? contestó.
Pero, don Juan, hoy quería comprar algunas
cosas para la cena de Navidad.
¡Para la cena de Navidad! ¿Qué
es eso? Tú lo único que quieres es escaparte
más temprano. Hoy es un día común y
corriente. Mejor sigue trabajando si quieres mantener tu
empleo.
El pequeño siguió en su trabajo, tan triste
que derramó una lágrima sin saber que lo estaban
observando desde el cielo.
En ese momento, don Juan pegó un grito de horror
que casi le saca el corazón a nuestro amigo.
¡Pedro, Pedro, ven, apúrate! gritaba
el señor horrorizado.
Don Juan, ¿qué le pasa?
Vi un fantasma, vi un fantasma.
Cálmese dijo Pedrito, yo no veo
nada. Los fantasmas no existen.
¿Me estás tratando de mentiroso?
No, don Juan, disculpe, no quise decir eso.
Don Juan no le quería decir al niño que estaba
asustado, pero Pedrito sabía la verdad y lo invitó
a su casa a pasar la Navidad.
Cuando llegaron a la casa de Pedrito, don Juan quedó
impresionado del amor y de la felicidad que se tenían
como familia.
Esa noche sonrió como nunca lo había hecho,
se dio cuenta de que nunca había tenido una Navidad
y ahora la había compartido con unas personas muy
alegres.
Al llegar las doce, debajo del árbol aparecieron
los regalos para la familia y hasta don Juan tuvo el suyo.
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