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Hace
muchos años había en la ciudad de Hiderabah
un sastre tan pobre que casi no ganaba para comer. Una noche
cortó un traje y lo dejó sobre la mesa.
Al día siguiente lo encontró con-fec-cionado
y tan perfecto que un rico cliente le pegó por él
un buen precio.
Sucedió que todas las noches el sastre dejaba un
traje cortado sobre la mesa y por la mañana estaba
listo.
La fama del sastre creció en Hide-rabah y llegó
clientela de toda la ciudad, con la que el sastre se hizo
rico. Pero tanto su mujer como él estaban muy intigrados.
Esta noche nos esconderemos y así sabremos
quién hace los trajes propuso la mujer.
Lo hicieron así y por la rendija vieron a tres duendecillos
ba-jar por la chimenea y ponerse a coser. De madrugada se
iban por el mismo lugar.
A la noche siguiente, cuando los tres duendecillos llegaron
para po-ner-se a la tarea encon-tra-ron una rica y elegante
cena, con toda clase de delicados manjares y golosinas.
¡Qué comida tan rica! gritaron
alegremente los tres.
¡Es un placer trabajar para gentes agradecidas!
¡Vamos a cenar! dijo el que era pelirrojo.
¡Nada de eso! exclamó el que parecía
jefe. Primero es la obligación y después
la diversión. Comeremos cuando hayamos acabado el
traje.
Así pasaron muchos años y el sastre y su mujer
llegaron viejecitos. Como tenían dinero suficiente
para vivir descansados decidieron retirarse.
Una noche dejaron sobre la mesa tres dedales de oro, uno
para cada duendecillo, con una cartita en la que se despedían
cariñosamente de los duendes trabajadores.
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