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Una mañana soleada y hermosa de un día lunes, Reynalda,
la culebra bailarina, salió de paseo por el jardín
de la escuela.
Se puso un bonito sombrero para protegerse de los rayos del sol
y una minifalda amarillo brillante, dispuesta a bailar al son
de la cumbia y del merengue.
Como todos los días, saludó a sus amigas culebras
y a la raíz de un viejo y hermoso árbol de conacaste.
Muy contenta salió de su casa suelo abajo, bailando y cantando
entre la hojarasca al ritmo de la canción que más
le gustaba.
Reynalda, Reynalda,
qué bonita tu minifalda.
Cuando bailas la cumbia, cumbia,
se te mira hasta la espalda.
De repente se detuvo al ver a unos niños que jugaban alegres
en el patio de la escuela.
—Quiero conocer y jugar con los niños de esta escuela,
para divertirme mucho más —dijo Reynalda sonriente.
Reynalda se acercó muy contenta donde jugaban Toñito
y Rosita, que al verla también se acercaron.
—Buenos días, queridos niños —les dijo
Reynalda.
—Hola, culebra —le dijeron.
—Veo que juegan y se divierten —les dijo Reynalda.
—Sí —contestaron los niños.
—¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives?
—le preguntó Toñito.
—Me llamo Reynalda, me dicen la culebra bailarina, porque
me gusta bailar hasta de cabeza y vivo en el jardín de
la escuela —contestó.
—¡Pero no te conocíamos! —manifestó
Rosita.
—Es que mi casa está dentro del suelo —les
dijo Reynalda.
—¿Y qué haces dentro del suelo? —preguntó
Toñito,
—¡Ah, yo hago muchas cuevitas que parecen tuberías
que le ayudan al suelo para tomar aire y agua.
—¿Tú sola haces todo eso? —cuestionó
Rosita con sorpresa.
—¡No! Somos muchas culebras bailarinas que vivimos
dentro del suelo. ¿Quieren jugar y bailar conmigo?
—Sí, sí —le respondierom.
Después de hacerse buenos amigos, de bailar, saltar, jugar
y cantar, Reynalda les regaló su sombrero. Al despedirse
se abrazaron y prometieron reunirse, respetarse y compartir otro
bonito día el lunes siguiente.
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