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El
maestresala se dirigió a los presentes, anunciando:
¡Su Alteza Real, el príncipe
heredero!
Un muchachito desgarbado y feo, caminando raro a
causa de los jeans de oro, que le quedaban
pequeños, hizo su aparición. Le seguía
el duque, a cuyo lado iba el sastre.
El mendigo susurró junto a Iván:
Lleva vuestros pantalones.
El duque, solemnemente, habló a los presentes
diciendo que el príncipe Iván era
el heredero del trono. Y entonces el muchacho llegado
de Pocomás dijo en voz alta:
Os confundís, señor. El príncipe
Iván soy yo.
¡Es un impostor! ¡Arrojadlo de
aquí! exigió el duque.
El mendigo, gritando que el falso príncipe
llevaba los jeans de oro del verdadero
príncipe, se arrojó sobre éste
seguido de sus hijos y los hijos de sus hijos y
les quitó los jeans que seguidamente
hizo vestir a Iván.
El mozo de la hostería había empezado
a gritar:
¡Mirad todos a nuestro verdadero príncipe!
¡Tiene la cara igual que nuestro difunto rey
al que tanto amábamos!
Todos los asistentes se lanzaron a abuchear al falso
príncipe, a su tío el duque y al joyero.
Y entonces Iván con los jeans
de oro que se ajustaban perfectamente a su cuerpo,
avanzó hacia el trono, seguido del mendigo,
sus hijos, los hijos de sus hijos y del mozo de
la hostería y todos los asistentes le aclamaron.
Y dicen que nunca hubo mejor rey ni mejor ministro
que el mendigo y el mozo de la hostería.
En el reino ya no hubo pobres y tanto prosperaron
en Pocomás con la ayuda de Iván, el
de la buena suerte, que hubo que cambiar el nombre
de la aldea por el de Muchomás.
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