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De
Charles Dickens
Allá
lejos en el bosque había un pino: ¡qué
pequeño y qué bonito era!
-¡Oh, si pudiera ser tan alto como los demás
árboles! -suspiraba.
Pasaron dos inviernos, y al tercero había crecido
mucho.
Al llegar la Navidad lo derribaron y lo trasladaron a una
habitación. El árbol fue colocado sobre una
alfombra.
Los sirvientes se afanaron muy pronto en adornarlo.
De sus ramas colgaron bolsitas hechas con papeles de colores,
cada una de las cuales estaba llena de dulces.
Las manzanas doradas pendían en manojos como si hubiesen
crecido allí mismo, y cerca de cien velas, rojas,
azules y blancas quedaron sujetas a las ramas.
Se encendieron las velas y ¡qué deslumbrante
fiesta de luces! El pino se echó a temblar con todas
sus ramas hasta que una de las velas prendió fuego
a las hojas. ¡Huy, cómo le dolió aquello!
¡Oh, qué lástima! exclamaron
las personas, y apagaron rápidamente el fuego.
El árbol no se atrevía a mover una rama; tenía
terror de perder alguno de sus adornos y se sentía
deslumbrado.
A la mañana siguiente lo sacaron de la estancia y
lo condujeron a la bodega, donde quedó tirado en
un rincón oscuro, muy lejos de la luz del día.
Una mañana subieron la gente de la casa a curiosear
la bodega. Movieron de sitio las cajas y el árbol
fue sacado de su escondrijo.
Por cierto que lo tiraron al suelo con bastante violencia,
y, enseguida, uno de los hombres lo arrastró hasta
la escalera, donde brillaba la luz del día.
¡La vida comienza de nuevo para mí! pensó
el árbol. Sintió el aire fresco, los primeros
rayos del sol
y ya estaba afuera, en el patio.
¡Había tantas cosas que ver en torno suyo!
El patio se abría a un jardín donde todo estaba
en flor.
¡Esta sí que es vida para mí!
gritó alegremente, extendiendo sus ramas cuanto
pudo. Pero, ¡ay!, estaban amarillas y secas y se vio
tirado en un rincón, entre hierbas malas.
Se miró a sí mismo, y deseó no haber
salido jamás de aquel oscuro rincón del desván.
Recordó la frescura de los días que en su
juventud pasó en el bosque, y la alegre víspera
de Navidad.
¡Todo ha termi-nado! se dijo. ¡Lástima
que no haya sabido gozar de mis días felices!
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