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Érase
una cebra que no tenía miedo ni del león,
el terrible rey de la selva, ni del tigre, que se
agazapa entre las altas hierbas.
Tampoco temía al jaguar, ni al elefante,
capaz de arrancar los árboles de cuajo.
La cebra solía reírse de la boa, que
estrangula a sus presas y hasta del cocodrilo, con
sus enormes fauces y su doble hilera de mortíferos
dientes.
Todos en la selva solían decir:
Para valiente, la cebra.
Y todos la respetaban mucho. Pero un día
sucedió algo extraño.
Estalló la tempestad. Se escuchó el
horrible fragor del trueno, zigzagueó el
rayo y la cebra salió huyendo.
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