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Esta historia sucedió a principios del siglo XX y tuvo por escenario un pueblecito que está situado en las faldas noreste del cerrito Santa Catalina, San Esteban, del departamento de San Vicente.


  La Cirinla, una muchacha que vivía en el pueblo, era la más criticona de las mujeres.
Un día viernes 13, por la noche, Cirinla dispuesta a dormir, oyó en el patio de la casa unos ruidos raros.

 





 

Dam, dam, dam... era el reloj que sonaba las doce campanadas anunciando la media noche.
Al poco rato, procedente de la cuesta que baja de las faldas del cerro, percibió el ruido inconfundible de una carreta que rodaba sobre la calle principal del pueblo.
— ¿Quién vendrá? —se preguntó.
El ruido de la carreta, al caer las ruedas de piedra en piedra, se escuchaba cada vez más cerca. El gusano de la curiosidad le carcomía y aplicó su ojo al hoyo de la chapa de la puerta y vio...

Era una carreta del tamaño normal, pero en las puntas de los palos que componían el estacado llevaba una calavera humana. La carga que llevaba consistía en un promontorio de cádaveres decapitados que se retorcían como tentáculos de mil pulpos. Los arrieros en vez de cabeza tenían un pequeño manojo de zacate y gritaban todos los nombres de las personas que eran mentirosas, falsas e hipócritas.

Inmediatamente fijó su atención en lo que iba adelante y vio que el timón y el yugo iban flotando.
Con profundo dolor en su corazón y arrepentida de todo lo malo que había hecho, juró que nunca más volvería a hablar de su prójimo, porque de lo contrario se la lleva la carreta.

Fin

 


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