Fue
un caso muy sonado el que sucedió a una joven de nombre
Graciela cuando tenía 16 años. Sus ojos eran
castaño claros, su cabello ondulado, sedoso y brillante.
Toda ella era un bello sueño, pero era muy pobre.
En realidad vivía en un maloliente mesón que
estaba en la 10» Avenida Sur, media cuadra al sur de la Policía
Nacional, en el centro de San Salvador. Graciela iba a la
escuela pública 5 de Noviembre y era constantemente
acechada por los muchachos.
Terminó la primaria y se dedicó a la costura
y un día estaba almorzando en su casa cuando le cayó
un terrón de pared en la comida. Luego, agachada lavando
trastes, jarros y platos, estaba cuando volvió a recibir
otro terronazo. Ya era de noche y Graciela se acostó,
cuando de repente se oyó un grito y despertó
a todos.
¿Qué pasa? preguntó el padre.
Papá, papá. Alguien me tocó la
pierna dijo la muchacha.
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Desde
aquel día, todas las horas de su vida, en todas partes,
Graciela sentía la presencia de alguien que la espiaba
constantemente.
Hasta que don Juancho, que era vecino, se enteró
de lo sucedido a la joven y les dijo que un duende era el
que estaba molestando a Graciela. Este es un espíritu
enamorado que siempre busca a las muchachas más bonitas
y no las deja en paz sino hasta que les ve algo que a él
no le gusta.
La cura es fácil y sencilla: sólo tiene que
ser sucia y lo más recomendable es que vaya comer
al sanitario. Al día siguiente, Graciela agarró
su plato de frijoles y se fue a sentar a comer al sanitario.
Varias veces le cayeron tetuntazos en la espalda y de repente
escuchó una carcajada. Desde aquel día no
volvió a oír ni a sentir nada que le perturbara
su tranquilidad.
El duende se retiró.
Fin
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