“Pues...
una vez en el verano, en una loma, yo estaba comiéndome
una tortilla y me quedo viendo para arriba y estaban
aquellos dos cipotes pelados... así como colorados,
rosados. Entonces, me quedo mirando... ¡je! —¡Quiero
ver quiénes son estos cipotes! Los voy a seguir... Viene,
y me voy a la carrera y de ya se me perdieron. Allí
de inmediato había un gran árbol, con una gran cueva
y allí se escondieron.... Yo los vi comiendo ceniza,
por eso les dicen “Cipes”, es decir ceniceros.
Entonces veá, me voy a buscarlos y, y..., y no los pude
alcanzar porque corren duro. Los cipes son de patías
pequeñas, panzones, cabeza pelada y chiquita... y andan
peladitos. |
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Eran hembra y macho, porque después se me acercaron
así... Esa vez yo estaba comiendo, estaba almorzando
cuando se me quedan mirando. El macho no, el varón no
se me acercaba; la hembra llegó con una distancia de
cuatro metros, a beber agua; allí se agachó y dijo a
tomar agua. Las manitas eran pequeñas y gorditas y entonces
le digo yo: —Agarre un pedazo de tortilla. Má (toma),
má. Pero es que
yo quería que al sólo quererme agarrar el pedazo de
tortilla, pescarla (tomarla) de la mano. Pero en ese
momento desapareció”.
(Eleuterio
Polío, San Rafael Oriente, San Miguel, 1986). (Tomado
del libro “Tradición oral en El Salvador”).
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