Venía
de dar una vuelta del parque Daniel Hernandez cuando
después de pasar por el atrio de la iglesia El
Carmen escuché un ruido de pasos como casquitos
de cabro. Sin detenerme, miré para atrás
y vi un perro blanco que me seguía como a cinco
pasos de distancia.
No le di mayor importancia y seguí caminando
porque pensé que era el cadejo bueno.
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A
las dos cuadras sentí que los pelos de la cabeza
se me paraban y como saliendo del cerco se me apareció
un hombre con el machete en la mano parado a unos pocos
pasos frente a mí, en plan de ataque, y con voz
ahuecada, me dijo: Gallo, se te llegó la
hora, y sin más nada dio un salto, tirándome
un filazo que yo creí que en realidad era el
fin. |
   
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No
sé ni cómo corrí hasta la mitad de
la calle, dispuesto a juntar una piedra para responder a
la embestida, pero en ese momento, el perrito blanco que
me seguía se lanzó como una flecha en medio
de los dos y a saber cómo enredó los pies
de mi adversario que cayó al suelo y se entabló
una feroz lucha con el animalito.
Yo sinceramente no hubiera querido estar en los pantalones
de mi oponente. El infeliz rodaba y gemía como si
lo estuvieran ahorcando. Aquello era un remolino que en
el suelo se confundía con el polvo. Lo más
raro del asunto es que en ningún momento el perro
ladró. La lucha duró unos cinco minutos y
de repente vi que el infortunado salió arrastrándose,
a gatas y a saltos huyó cuesta abajo.
¡El cadejo blanco blanco me salvo!, me dije. Y cuando
quería agradecerle por lo menos con un gesto cariñoso,
el animal había desaparecido.
Fin
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