Hace
varios años, en la ciudad de Cojutepeque vivía
un señor de nombre Joaquín. La gente decía
que era brujo y que se convertía en chancha (en un cerdo
grande).
Además tenía la fama de ponerle sapos en la barriga
a las personas y muchos lo buscaban para que les hiciera algunas
brujerías en contra de los enemigos.
Joaquín acabó mal. Un día estaba haciendo
bastante calor y a media cuadra de la casa había un charco.
Él estaba con una cliente y ésta comentó:
Veya, don Joaquín, que si fuera chancha, con todo
mi gusto me metía en ese charco. Allí debe estar
fresquito.
En cuanto acabó de trabajarle a la señora, cerró
el negocio y se fue para adentro. Al ratito, la gran chanchona
estaba revolcándose a media poza y del gusto que sentía
hasta gruñía.
Se daba vueltas de un lado a otro, pataleaba, gruñía.
Daba gusto ver la felicidad de aquel animal. Al día siguiente,
el pobre señor Joaquín daba compasión.
Se rascaba todito el cuerpo y le fue saliendo una granazón
que no le daba vida la picazón. |
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Se
le cubrió toditito el cuerpo de una llaga. Dicen
que era sarna y fue de haberse revolcado en el lodo.
Allí había pulgas de nigua.
Ese pobre hombre realmente daba lástima. |
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Así murió;
duró poco.

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