En
las noches plenas de luceros, una sombra alta y
delgada se paseaba desde la parroquia hasta el pesquero.
Varios trasnochadores se habían encontrado
con la rara visión.
En aquellos tiempos los brujos habían invadido
los pueblos de Cuscatlán y los dioses escucharon
las peticiones de los indios de Sensuntepetl y en
una noche de luna hizo su entrada en el pueblo un
hombre alto como pepeto. Parecía hecho de
una nube pavorosa. Las personas que tuvieron la
ocasión de contemplarlo sintieron una sensación
de confianza y de bienestar.
Desde aquellos días los brujos no pudieron
hacer sus incursiones nocturnas. Aquel personaje
alto y sutil como la niebla se paseaba por las calles
del pueblo, acariciado por la brisa y la luz de
los luceros.
Las mujeres bonitas abrían sus ventanas para
ver pasar al gigante de los hermosos ojos. La luz
de la luna jugaba con su cabellera y la tornaba
de color de plata. Era un gigante de luz.
Sus paseos terminaban cuando la aurora se asomaba
al mirarlo sobre sus faldas de Cerro de Cutuco.
El gigante de nieve pasaba por El Calvario,
salía por La Ceiba y se perdía
al otro lado del Cerro Moidán.
Las autoridades y los vecinos se reunieron para
celebrar grandes festividades en honor a sus dioses.
Sus peticiones habían sido oídas.
Las brujerías andaban de capa caída.
La propiedad era respetada.
El personaje pavoroso tenía la virtud de
ahuyentar a las brujas y a los hechiceros. Todos
los vecinos quieren y admiran al personaje nocturno.
La justicia, han dicho los ancianos, por fin con
nosotros.
Es el Justo juez de la noche que velará
por nuestra felicidad y por la pureza de nuestras
costumbres. Muchos años Sensuntepeque y sus
alrededores vivieron tranquilos y felices. |
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Pero
una noche de marzo, la luna y las estrellas enjoyaron
la luz en el camino que va hacia Huacotectli y
el Justo juez de la noche, el gigante
de nieve, se marchó para Ilobasco a cumplir
una misión que los dioses le habían
confiado. En las copas de los árboles dejaba
pasar puñados de blancura, como si una
procesión de corderos gigantes hubiera
pasado dejando sus vellones.
Aquellas dulces gentes aún lo están
esperando.
Desde entonces el Justo juez de la noche sigue
siendo el símbolo de la bondad y de la
justicia.
Los pueblos que reciben su vista son resguardados
de todas las maldades nocturnas.
Fin

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