Querido Guanaquín


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Medio Ambiente    

Los pericos pasan   Lindsey Larreynaga, Marina Bolaños y
Kathlin Saravia
, Periodistas infantiles

—¡Adiós, mamá! Voy a la escuela —dijo Alfredo, de 10 años. Pasó la mañana y cuando doña Enriqueta terminaba de preparar el almuerzo, regresó el niño de clases.
Poco después llegó el fin de semana tan esperado por la familia Espino, pues don Alfonso, el padre, había prometido llevarlos de paseo a darse un chapuzón en la laguna.
Al llegar, los pequeños no cabían de contentos; sólo Alfredo permanecía sentado en una piedra, observando el paisaje.
El sábado, Alfredo pidió permiso a sus padres para visitar con su amigo Luisito el valle cercano. Cuando jugaban vieron una bandada de pericos que se acercaba.
Luis sacó una hondilla y apuntó a uno de los pericos, que cayó muerto.
Alfredo se abalanzó sobre su amigo y comenzó a golpearlo.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué me pegas? ¡Déjame!
Alfredo lo soltó y le dijo: —¡Nunca se debe hacer lo que hiciste! ¡La naturaleza se respeta y no debe destruirse lo que Dios nos ha dado! ¿Qué mal te hizo este pobre periquito? —Perdón —replicó Luis—. No lo vuelvo a hacer.
Pasaron los años. Un día, la familia se dirigía hacia el llano El Espino, en Ahuachapán; de pronto vieron una bandada de pericos pasar volando. En ese momento, Alfredo recordó aquella lejana tarde cuando peleó con Luis.
Al regresar a casa se dirigió directamente a su cuarto y escribió el poema “Los pericos pasan”.
Fin
  Niño con un perico en la cabeza con un gesto de asombro





 

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