|
Héctor
Antonio Coto
19 años, San Vicente
Había
una vez un sapito muy triste porque no tenía un charco
donde refrescarse. Mientras lloraba escuchó el canto
de otro de su especie.
¿Dónde canta, compañero?
¿Quién pregunta?
¿Quién podrá tener motivo para
cantar?, se decía a sí mismo, caminando
en direc-ción del sonido.
De pronto, vio a un sapo recostado sobre una lata.
¿Qué tal? dijo, contento de encontrar
compañía. Me admira que usted tenga
ánimo alegre.
Razón tengo, mi amigo, porque voy camino de
reunir-me con mi familia. Los dejé hace algunos días
porque estaba aburrido de mi casa, pero ¿sabe?...
estaba más feliz y seguro allí. Me he quemado
mis patitas y la panza.
¡No hay ni una sombrita! y me parece que quizá
quieren convertirnos en algún platillo.
|
|
Por
favor, ¡lléveme con usted, quiero bañarme
en un charquito! Aquí hasta los árboles han
desaparecido.
¡Claro, vámonos ya!
Un rato después, cansados y sedientos por la caminata,
encontraron una iguana que corría desesperada.
¡Ay, Dios mío, cálmese! ¿Qué
le ocurre, amiga?
¡Ayúdenme, me persiguen! gritaba,
mientras se colocaba tras una piedra.
¿Quién la sigue? preguntaron los
caminantes.
Primero fueron unos hombres con garrotes; después
unos niños y, por último, unos perros.
¿Por qué no viene con noso-tros?
Aceptó la iguana y el camino se hizo más corto
entre los tres. Al rato, muy cansados, se durmieron profundamente.
Horas después los despertó un tropel. El ruido
lo provocaba un cusuco perseguido por un campesino.
Dos horas después, los sapitos llegaron hasta el
anhelado charquito y todos se pusieron a cantar y a agradecer
a Dios que todavía hubiese un lugar a salvo de la
destrucción provocada por el ser humano.
FIN
|